AUSTRALIA, UN VIAJE. JORGE CARRIÓN

En febrero de 2008 Jorge Carrión publica, de la mano de la Editorial Berenice, su último texto: “Australia, un viaje”.

Las primeras presentaciones del libro serán:

* Martes, 1 de abril. Librería ALTAÏR de Barcelona (Gran Via de les Corts Catalanes, frente al cine Coliseo, entre Rambla de Catalunya y Balmes). 19 horas. Con Juan Villoro y Eloy Fernández Porta.
* Jueves, 3 de abril. Librería ROBAFAVES de Mataró. 19 horas. Con Joan Salicrú y Pablo Muñoz, “Alvy Singer”.
* Viernes, 11 de abril. Librería LITERANTA de Palma de Mallorca. 20 horas. Con Román Piña y Agustín Fernández Mallo.

Y como mejor presentación, valga la reproducción de algunos fragmentos del libro seleccionados por el propio Jorge Carrión :

“Estoy en el segundo avión interoceánico de este viaje. Un vuelo nocturno y transpolar me está llevando desde Buenos Aires hasta Sydney. Hace veinticuatro horas que dejé mi casa, mi familia, mi contexto. Ahora sobrevuelo el Polo Sur. Mejor dicho: ahora sobrevuelo la representación del Polo Sur, un continente helado y virtual, sobre el que nosotros somos una línea intermitente parpadeando en una pantalla.

El Polo Sur real, ahí abajo, en una masa de hielo negro, que no veo.”

“Ante mis ojos insomnes: una red antigua y moderna, primigenia y contemporánea, natural y tecnológica, de hilos grises en movimiento se dibuja sobre la masa helada y negra; como si sobre el fantasma de Pangea, el continente único, el paraíso perdido, se fueran ido abriendo grietas sísmicas, fracturas, plataformas, placas tectónicas, como un iceberg continental y oscuro que se hubiera empezado a romper hace ciento ochenta millones de años, a disgregarse, y sobre los trazos de esa fractura, de esa deriva, se hubieran ido acumulando los de todos los desplazamientos, miles, millones, que los siguieron, que los persiguieron, con un único fin: reconstituir mediante la migración, mediante el viaje, mediante la tecnología, la Pangea perdida, la unidad original, para acabar así con la enfermedad congénita; para cerrar así la herida.

En algún momento me quedo dormido.

Al cabo de algunas horas el capitán anuncia la inminencia del aterrizaje.

Pongo mi reloj en la nueva hora, en mi hora nueva: australiana.”

Lo seguiremos de cerca.

Ramiro Tomé
info (arroba) arquera.com
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CACHITO: UN ASUNTO DE HONOR

Con tan sólo 51 años Arturo Pérez Reverte fue propuesto, en el 2001, como candidato a ocupar la “T” en la Real Academia de la Lengua Española.

Tan sólo 51 años, tan sólo 8 años de experiencia en el oficio de “novelista” y títulos que ya forman parte del imaginario literario en lengua castellana: “El maestro de esgrima” en 1988, “La tabla de Flandes” en el 90, “El club Dumas” en el 93, “Territorio Comanche” en el 94, “El capitán Alatriste” en el 96, “La carta esférica” en el 2000…

“Un asunto de honor”, sin duda alguna, obra menor en la bibliografía de Reverte, apareció en formato libro en 1995, apenas unos meses antes que su versión cinematográfica “Cachito” firmada por Enrique Urbizu también en 1995.

A diferencia de los grandes relatos que todos asociamos a Reverte, “Un asunto de honor” es apenas una novela corta, un relato de apenas unas 90 páginas en letra XXL. Una historia sencillita, un divertimento, de fácil y agradable lectura.

“Un asunto de honor” podría ser tranquilamente una versión más bien discreta, y seguro que sin pretensiones, de la Cenicienta. Una chiquilla maltratada, infravalorada y con la honra,(vamos a llamarlo así), en peligro, rescatada justo a tiempo por un prícipe de pelo en pecho, amor de madre, gran corazón y, para más señas, camionero andaluz.

Una versión “made in Spain” que no sería tal si no apareciera una malo sin alma pero con botella de soberano y rastrero como una mala cosa.

El camionero que además de camionero y de buena persona es también un poco escritor, o al menos un poco contador de historias, es quien nos explica, en primerísima persona, el cuento de su aventura. Y como tal, con una coherencia irrepochable, Reverte dota al chaval de un vocabulario de calle, algo chabacano, populista y facilón pero comprensible hasta por las piedras.

Pocos personajes y perfectamente estereotipados, la cenicienta buena, la madrastra envidiosa, el principito guapo y la bruja de la manzana disfrazada de malo.

Una historia previsible por los cuatro costados y aunque estrictamente hablando sería una historia posible, a todas luces resulta claramente inverosímil lo que no hace sino redundar en ese cierto ambiente fantasioso que envuelve los cuentos de príncipes y princesitas.

La cuestión es: ¿cómo un Arturo Pérez Reverte se entretiene con una novelita menor tan poco revertiana? La respuesta nos la ofrece el propio autor en elcapitanalatriste.com:

“Fue a los postres [en una cena de Reverte con el productor de cine Antonio Cardenal y su machaca ejecutiva Marta Murube] cuando se me ocurrió la cosa. (…) vi de pronto la historia mirándome allí, sobre el mantel: un fulano en un camión, hacia el sur, con camiseta y tejanos, y un yogurcito joven de ojos grandes, a su lado. Bares de carretera y faros de automóviles, una persecución, y una playa con el viento agitando el cabello de ella. Antonio seguía contándome no se qué, pero yo no lo escuchaba. Se me había ido la olla junto al camionero y la niña, y acababa de agregarles tres malos muy de caricatura, que los perseguían para darle emoción a la cosa. Muchas peripecias, peleas, entradas y salidas, la niña tierna que era sabia como todas las mujeres lo son, por instinto; y el chico duro que en el fondo era un infeliz buscándose la ruina. Algo así como érase una vez un yogurcito dulce por fuera y un camionero tierno por dentro que se enamora de ella y se la lleva -o en realidad la sigue-, hasta el final, sabiendo de antemano que el precio va a ser condenadamente alto. Una historia de amor, de carretera. Y de soledad, y ternura. Y de valor, y de coraje, y de muerte. Pero con final feliz”.

Reverte, además, deja claro el por qué del formato… “Y me puse a ello, dispuesto a hacer por primera vez en mi vida algo directamente destinado al cine. Se daba la feliz casualidad de que por aquellas fechas Juan Cruz, mi editor de Alfaguara, quería un relato corto, por entregas, para publicar en agosto en el diario El País. El año anterior ya nos habíamos estrenado con La sombra del águila, y Juan estaba dispuesto a repetir folletín, con intención de sacar después la historia en forma de libro…”

Está claro pues. Vayamos a la película que, contra pronóstico, es harina de otro costal.

Una chiquilla vive con su abuela, perdidas en la sierra. Al morir la anciana, la cría emprende viaje (a lo “mi mono Amelio y yo”) en busca de su mamá. A través de una carta añeja aterriza, llevada en volandas por nuestro héroe-camionero, en un puticlú de carretera.
La madre no está y encima la chiquilla tiene la mala fortuna de ser clichada por el chulo de turno que quiere sacar provecho de su virginidad para disfrute propio y ajeno. Y bueno, el héroe-camionero que nuevamente irrumpe en escena y la secuestra, justo antes del fatal momento, desencadenando una andalucía-road-movie de clase B que acaba como el rosario de la auroran en la presa de un pantano que bien podría estar en el norte de Palencia y que no cuadra con la historia ni en broma.

Resumido así, el guión aún aparenta un cierto paralelismo con el relato, pero no: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. El guión de “Cachito”, además del relato del propio Reverte, necesitó de hasta cuatro guionistas más que, a juzgar por el resultado de la cinta, no se pusieron demasiado de acuerdo.

Y es que, si el relato es un guiño facilón a la vieja historia del príncipe que rescata a su correspondiente princesita encerrada, “Cachito” se sale por la tangente e introduce escenas tan extremadamente “peliculeras”, tan excesivamente ficcionadas, que pierden toda credibilidad.

La película empieza mal, con los actores fríos podríamos decir. Sancho Gracia, nuestro “Loopy de Loop” serrano, entra en escena dando bandazos con un Mercedes cochambroso e interpretando una borrachera que no se cree ni el apuntador. La chiquilla, Amara Carmona, en sus primeras escenas, es lo más parecido al “osito Bubu” en versión femenina: sosa, pánfila… ¿le pasa algo?…

Salvo alguna escena, yo diría que puntual, a Amara Carmona no se le pasa el frío en toda la película… sin embargo uno no llega a estar muy seguro si es que la chica no entra en la película por falta de experiencia en la interpretación o, y quizá sea más probable, porque tiene la consigna de imitar, más que interpretar, una cría de siete años para parecer una de diecisiete.

Bueno. Las putas del local parecen sacadas de un baile de disfraces y menos mal que Aitor Mazo interpreta tan bien su papel de subnormal que incluso lo parece. Igualmente en su papel, que es como tiene que ser, anda nuestro héroe de pelo en pecho, Jorge Perugorría, personaje amable, casi entrañable, y de constante buen hacer a lo largo de toda la cinta.

Por suerte Sancho Gracia se crece a medida que avanzan los metros e incluso nos regala algunas escenas interesantes que, diría yo, salva lo poco que de salvable tiene la película, con la colaboración, no se me olvide, de Aitor Mazo y la señora Pilar Bardem, impecable durante sus 15 o 20 segundos.

Pero claro, otra historia es la que explica el maestro Reverte sobre “su” película, y a ella, una vez más, me remito:

“Por fin, una mañana en que el viento levantaba espuma a las olas, vi a Jorge Perugorría y a Amara Carmona amanecer en la cabina del camión, en una playa del sur. Y ella abrió esos ojos grandes y negros que tiene y dijo: “el mar”. Y Manolo Jarales Campos la miraba con la misma ternura que en el texto que yo había escrito año y medio antes, imaginando esa misma mirada. Y Trocito sonreía con una sonrisa idéntica a la que yo había puesto en sus labios. Y me dije que sí, que el cine te gasta a menudo bromas pesadas. Pero a veces una mujer, una actriz, una mirada, un amanecer filmado por un equipo de gente silenciosa tras una cámara, pueden encarnar con absoluta precisión, con fidelidad, el momento mágico, fugaz, de la historia que una vez soñaste.

Y señores del jurado… más y mejor información en:
http://www.capitanalatriste.com/escritor.html?s=cementerio/ce_cachito

Ramiro Tomé
info (arroba) arquera.com

[Fuente: Formatocine.com]

MOBY DICK: UN LOGRO FUERA DE LO COMÚN

MOBY DICK

La historia de Moby Dick, la terrible ballena blanca, es una de aquellas historias que forman parte de nuestro imaginario común. ¿Quién no ha oído hablar jamás de Moby Dick? ¿Quien no ha leído en su juventud alguna se sus versiones ilustradas con impresionantes estampas marinas de la gigantesca ballena cayendo sobre los botes de los balleneros o mostrando la terrorífica pierna de marfil del capitán Ahab?

En efecto, Moby Dick forma parte, sin ningún tipo de duda, del imaginario común occidental, una historia lejana, un recuerdo de infancia o juventud, como los cuentos de “Las mil y una noches”, “Las Maravillas de Marco Polo”, o el legendario “Miguel Storgoff” de Julio Verne.

Pero una cosa es el Moby Dick que recordamos de las historietas ilustradas, y otra muy diferente el texto desarrollado en la novela.

La novela comienza con el célebre “Pueden ustedes llamarme Ismael” a partir del cual 135 capítulos describen la historia del viaje de un barco ballenero, el Pequod, alrededor del mundo.

Oficialmente el objetivo del viaje es la caza de ballenas para la extracción de su aceite. Oficiosamente el único objetivo del viaje es la persecución, caza y muerte de Moby Dick, la famosa ballena blanca, por parte del obstinado y obsesionado capitán Ahab.

Como es de sobras conocido, el motivo de tan obcecada persecución es vengar la pierna que la ballena arrebata al capitán en su último encuentro.

Es cierto que Moby Dick explica la obsesiva persecución de la ballena blanca por el impacable capitán Ahab, pero también es cierto que durante capítulos y capítulos, este clásico describe hasta el agotamiento el día a día de un barco ballenero de mediados del siglo XIX, los preparativos del viaje, la circunnavegación del planeta, la arriesgada caza, el despiece de las capturas y su transformación en aceite para lámparas…

Toda esta carga descriptiva hace que la lectura de Moby Dick no sea, en absoluto, una lectura fácil y “adhesiva” de un bestseller de principios del siglo XXI. De hecho, comparada con los bestsellers actuales, la historia lineal de Moby Dick podría llegar a ser, sin demasiados miramientos, una novela espesa, aburrida e ilegible para un lector contemporáneo sin que ello signifique que la novela sea, efectivamente, espesa, aburrida e ilegible.

Y es que, Moby Dick no es una historia de aventuras, o al menos no una historia de aventuras convencional tal y como hoy la entenderíamos.
Tampoco es un libro de viajes aunque, permítaseme la contradicción, es esencialmente la historia de un viaje.
Melville se sumerge en las profundidades del ser humano y, desde la narración del “anónimo” Ismael, va separando los diferentes tonos del mal, usando para ello ballena y capitán, así como tomando parte en los que son los grandes temas de la historia de la humanidad.

La incursiones eruditas del “anónimo” Ismael son la voz de Melville, su perspectiva sobre el hombre, la literatura y la historia.
No es posible afrontar la gran novela de Melville sin atender a su crítica al “gran hombre blanco” (y americano) que se cree superior al resto de razas, sin contemplar el trato igualitario que reciben creencias religiosas de signo distinto en una sociedad (americana) eminentemente católica, sin asomarse a los detalles más mínimos y substantivos de la esencia del hombre solo, del hombre ante la naturaleza, del hombre ante el hombre.

Harold Bloom, una de las voces más autorizadas de los últimos tiempos en materia literaria, afirmaba que “Moby Dick es el paradigma novelístico de lo sublime: un logro fuera de lo común”

Pero cambiemos de tercio. Como no podía ser de otro modo, Moby Dick saltó de las páginas de Melville a la gran pantalla.

El primero en aventurarse fue Millard Webb en 1926. Adaptó la historia de la gran ballena blanca en The sea beast, aún en cine mudo.
En 1930 fue Lloy Bacon quien se acercó a Melville con Moby Dick. Firmando la primera versión sonora.
En 1936 Richard Thorpe rodó Last of the pagans y, finalmente, John Huston firmó, en 1956, Moby Dick

Es esta última, la versión de Huston, la que más se relaciona con el texto. De hecho es, que yo haya podido averiguar, la única disponible en dvd y, consecuentemente, la única disponible.

La Moby Dick de John Huston es una buena adaptacióin del texto de la novela. Por supuesto, Huston resume casi 130 capítulos en apenas 15 segundos de cinta, pero salta a la luz que, desde la perspectiva de Hollywood, no tiene demasiado interés el día a día de un barco ballenero durante tres años… Huston adapta el primer capítulo, los tres últimos y algún que otro pasaje del resto de la novela, es decir, lleva a la gran pantalla lo que el Moby Dick de Melville tiene de relato de acción, y poca cosa más.

Posiblemente el gran logro de la versión cinematográfica sea respetar la narración, es decir, mantener el relato en primera persona tal y como lo hace Melville y que dota a la película de un cierto aire de realidad… “yo que estuve allí os puedo contar que…”

Quizá el handicap en 1956 fuera construir una ballena blanca que no desemereciera el resto de la cinta, que no le restara crédito.
Aparecen ballenas en dos ocasiones. En la primera la misma imagen de una ballena común se repiten una y otra vez. Sin embargo, las imágenes de la gran ballena blanca que, por cierto, no es una ballena sino un cachalote, a pesar de notarse los efectos especiales, son bastante coherentes y reales execepto, tal vez cuando de buenas a primeras el enorme cachalote avanza en horizontal con la gran boca abierta como si fuese una serpiente de agua…

Se trata de una cinta de 1956. Ello implica que el concepto de interpretación era, en comparación con el que hoy acostumbramos a ver, ingenuo.

Una de las primeras escenas de la película, cuando los marinos se encuentran en la cantina e improvisan una fiesta, es, desde la perspectiva actual, prácticamente infantil. Los actores sobreactuúan y, pasados los años, nos aparecen como totalmente inverosímiles.

Mención a parte merece, claro está, Gregory Peck.
Todos parecemos estar de acuerdo que, sin restarle méritos al gran actor, no era el perfil adecuado para interpretar un personaje de la furia interna del capitán Ahab. Los espectadores estamos tan acostumbrados a ver a G. Peck interpretando personajes pacientes y más bien pánfilos, que por mucho que en Moby Dick ponga cara de malo y simule brotes de cólera, no acaba de transmitir (de hecho ni empieza) la energía que el capitán Ahab de Melville genera en cada movimiento.

Uno de los puntos de tensión mejor conseguidos en la película es, curiosamente, en tierra firme y sin que aún se tenga noticia de Ahab, pero claro, el padre Marpple aparece interpretado, desde lo alto de su púlpito-proa, nada más ni nada menos que por un Orson Wells especialmente inspirado.

Es una buena adaptación de la novela, sí. Sin embargo, resumir la novela en apenas cuatro capítulos le resta “fondo”, le resta entender algunos comportamientos de la tripulación que le dan cuerpo y razón de ser a la persecución.

Además, los dos polos del texto son las distintas figuras del mal. El mal natural no comprensible racionalmente como el de la ballena y el mal de la obsesión, el de la soberbia humana.

Dado el recorte de la novela, Moby Dick deja de ser un mal “subterráneo” pero presente, un mal inevitable, un mal incontestable, a ser sencillamente una cuestión de orgullo por parte del capitán: “la ballena me ha arrancado una pierna, voy a vengarme”.

Por otra parte, el mal humano, ese orgullo y esa necesidad de venganza encangrenados en el espíritu del capitán Ahab de Melville, aparecen en la cinta, como ya he comentado, descafeinados y sin fuste.

Efectivamente es una buena adaptación de la novela, además rodada en parte en Gran Canaria, pero con respecto al texto pierde toda su intensidad y su fuerza y se diluye en una buena historia de aventuras.

Ramiro Tomé
info (arroba) arquera.com

[Fuente: Formatocine.com]

EL ALQUIMISTA IMPACIENTE

LA NOVELA

“El alquimista impaciente” es la historia de la investigación de la muerte de Trinidad Soler, un empleado de una central nuclear cercana a Madrid que aparece cadáver, maniatado en la cama de un hotel. El caso es encomendado a una pareja de Guardias Civiles (al sargento Rubén Bevilacqua y la guardia Virginia Chamorro) del grupo de homicidios de la unidad central de Madrid.

A lo largo de los 20 capítulos que forman la novela, Silva nos da buena cuenta de la particular relación entre Bevilacqua y Chamorro. Él es un psicólogo frustrado que accede al “cuerpo” para huir del paro. Ella cuenta 25 años aún marcados por un cierto idealismo constantemente autoreprimido para ser respetada por sus compañeros varones.

Trinidad Soler, el cadáver con el que se inicia la novela llevaba una doble vida. Por una parte trabajaba en la central nuclear, por otra era colaborador de León Zaldívar, un magnate de la construcción. De esta segunda actividad laboral que, no se sabe bien bien por qué escondía a las personas de su entorno incluyendo su mujer, obtenía enormes beneficios económicos.

Bevilacqua y Chamorro se topan de entrada con el cadáver del primer Trinidad Soler y, poco a poco, van profundizando en (por llamarlo de algún modo) la segunda vida de Trinidad, una segunda vida que les introduce en una sociedad de alto standing, despiadada y deshumanizada, en una sociedad con otro código de valores, con otras referencias, con otros objetivos.

Segú explica el propio autor, con “El alquimista impaciente” pretendía “un digno relato policial, que no es tan fácil como algunos parecen querer dar a entender, y como siempre, una historia que estimulara al lector”.

No voy a ser yo quien discuta si la novela es o no un “digno relato policial” ni tampoco si la enrevesada madeja que se desenreda en la novela pueda o no ser real (¡sabemos de tantos casos en los que la realidad supera a la ficción!), lo que sí me atrevo a discutir es el modo en que la policía, la Guardia Civil en este caso, lleva adelante la investigación y que en mi opinión vacía la novela de credibilidad. Es cierto que la literatura española no dispone de una enorme tradición de literatura negra. También es cierto que apenas existen en nuestra tradición mujeres policías. Sin embargo la falta de antecedentes no exime a “El alquimista impaciente” de una artificiosa relación sargento-hombre / guardia-mujer que chirria por todas partes.

Me ha llamado la atención que lectores de otros medios hayan alabado esta inusual pareja. Durante páginas y páginas de “El alquimista impaciente” el lector tiene la sensación de estar ante un publi-reportaje publicitario de la Guardia Civil, ante un intento de “humanizar” una estructura militar con una reputación inrrecuperable.

Un psicólogo frustado y una mujer que constantemente reprime su femeneidad me parecen dos perfiles posibles en la Guardia Civil sin embargo sus diálogos son excesivamente literarios, reflexivos, limpios, respectuosos, políticamente correctos (independientemente de que las opiniones que expresan lo sean o no, que es harina de otro costal)…

El resto de los personajes, sin embargo, quedan mejor dibujados, más realistas, más cercanos, más posibles, más naturales, más sueltos, más coherentes, más imaginables… Por lo que refiere a la estructura y desconociendo la arquitectura narrativa de la novela negra, sí puedo anotar que el desarrollo de la novela es paulatino, sin brusquedades, la información necesaria para la comprensión del caso está correctamente dosificada y la solución al caso no se desvela hasta prácticamente el penúltimo o antepenúltmo capítulo. Sin embargo “El alquimista impaciente” carece del magnetismo de otros textos del género, no arrastra, no engancha, no absorbe.
Algo le falta a esta novela para brillar. Es un texto mate, aburrido a pesar de la lógica curiosidad que el lector siente por conocer el desenlace y que le anima a continuar leyendo.

Una novela de las que se leen pero no se recomiendan porque no sabría uno en base a qué recomendarlas.

Es cierto, tiene el Premio Nadal del año 2000 y eso no es poco. Pero claro, el Nadal, aunque sin duda es un premio contrastado, también tiene fallos memorables, basta recordar por ejemplo que en el 98 se lo llevó (ay!) Lucia Etxebarria

LA PELÍCULA

El caso es que inmediatamente después de leer la novela sentía una curiosidad enorme por ver la película. Cuando uno acude al cine a ver la adaptación cinematográfica de un libro que acaba de leer, el ejercicio comparativo se vuelve absolutamente inevitable.

Tenía la esperanza de que Patricia Ferreira, la directora de la versión fílmica, se apartara lo suficiente del texto como para solucionar el mate de la novela y aportar algo de luz al asunto, pero desafortunadamente se trata de uno de los pocos casos en los que el director (directora) abraza el texto casi literalmente, llevando a la pantalla los mismos errores o defectos del texto escrito.

Es cierto que Ferreira introduce una diagonal en la película que acompaña al espectador desde el principio aportando algunas pistas para situar los personajes (no para resolver el caso). Esta diagonal, una serie de secuencias en las que Bevilacqua conversa con Dávila (uno de los responsables de la central nuclear) tampoco acaba de iluminar el cuadro e incluso en algún momento aparecen como inoportunas o hasta casi como interrumpiendo la película…

Por lo demás, la película se mantiene bastante fiel a la novela y, como en la novela, lo mejor (y siempre sin exagerar) son algunos, que no todos, personajes secundarios. Y digo no todos porque de ningún modo cabría destacar la intervención de Josep Linuesa que más bien es “poco afortunada”. La pareja Bevilacqua-Chamorro chirria igual en la pantalla que en el texto con el agravamen que en la pantalla desentona más. Los diálogos excesivamente literarios, en algunos casos alucinantes hasta el surrealismo son poco creíbles, resultan forzados, tiesos, poco naturales… y lo son hata el punto de desviar la atención del espectador hacia la interpretación de los actores.

Uno no sabe demasiado de interpretación pero la impresión que deja “El Alquimista Impaciente” es que los actores no actúan lo suficiente. En algunas escenas uno sospecha que los actores sean (con todos los respetos) amateurs o que no han dispuesto de medios suficientes para el rodaje…

En esta línea, para mi gusto algo desviada de la que debería estar siguiendo, no puedo dejar de observar que las imágenes son como poco raras. No llego a saber si es un problema de iluminación, de montaje, de postproducción, de puntos de mira de la cámara o de qué, pero sí llego a ver que algunas imágenes se asemejan a las de esos cortometrajes de aficionados en los que casi se acaba de oir el “Acción” del director… Como si no hubiesen podido hacer demasiadas tomas y hubiesen tenido que quedarse con la mejor a pesar de no ser la ideal. Este defecto que no acabo de saber explicar es más notorio en los exteriores que en los interiores aunque también en los espacios cerrados la cámara abarca encuadres forzados, como si no tuviera espacio para moverse y mejorar la perspectiva.

En definitiva, uno tiene la impresión de haber visto un capítulo de una teleserie un domingo por la tarde. ¿Recomendarla? Jamás.

Ramiro Tomé
info (arroba) arquera.com

Fuente: Formtocine.com

Más información

Pàgina web de Lorenzo Silva
http://www.lorenzo-silva.com/

Pàgina web de la película
http://www.continental-producciones.es/es/proyectos/alquimista.html#

EL ALQUIMISTA IMPACIENTE

LA NOVELA

“El alquimista impaciente” es la historia de la investigación de la muerte de Trinidad Soler, un empleado de una central nuclear cercana a Madrid que aparece cadáver, maniatado en la cama de un hotel. El caso es encomendado a una pareja de Guardias Civiles (al sargento Rubén Bevilacqua y la guardia Virginia Chamorro) del grupo de homicidios de la unidad central de Madrid.

A lo largo de los 20 capítulos que forman la novela, Silva nos da buena cuenta de la particular relación entre Bevilacqua y Chamorro. Él es un psicólogo frustrado que accede al “cuerpo” para huir del paro. Ella cuenta 25 años aún marcados por un cierto idealismo constantemente autoreprimido para ser respetada por sus compañeros varones.

Trinidad Soler, el cadáver con el que se inicia la novela llevaba una doble vida. Por una parte trabajaba en la central nuclear, por otra era colaborador de León Zaldívar, un magnate de la construcción. De esta segunda actividad laboral que, no se sabe bien bien por qué escondía a las personas de su entorno incluyendo su mujer, obtenía enormes beneficios económicos.

Bevilacqua y Chamorro se topan de entrada con el cadáver del primer Trinidad Soler y, poco a poco, van profundizando en (por llamarlo de algún modo) la segunda vida de Trinidad, una segunda vida que les introduce en una sociedad de alto standing, despiadada y deshumanizada, en una sociedad con otro código de valores, con otras referencias, con otros objetivos.

Segú explica el propio autor, con “El alquimista impaciente” pretendía “un digno relato policial, que no es tan fácil como algunos parecen querer dar a entender, y como siempre, una historia que estimulara al lector”.

No voy a ser yo quien discuta si la novela es o no un “digno relato policial” ni tampoco si la enrevesada madeja que se desenreda en la novela pueda o no ser real (¡sabemos de tantos casos en los que la realidad supera a la ficción!), lo que sí me atrevo a discutir es el modo en que la policía, la Guardia Civil en este caso, lleva adelante la investigación y que en mi opinión vacía la novela de credibilidad. Es cierto que la literatura española no dispone de una enorme tradición de literatura negra. También es cierto que apenas existen en nuestra tradición mujeres policías. Sin embargo la falta de antecedentes no exime a “El alquimista impaciente” de una artificiosa relación sargento-hombre / guardia-mujer que chirria por todas partes.

Me ha llamado la atención que lectores de otros medios hayan alabado esta inusual pareja. Durante páginas y páginas de “El alquimista impaciente” el lector tiene la sensación de estar ante un publi-reportaje publicitario de la Guardia Civil, ante un intento de “humanizar” una estructura militar con una reputación inrrecuperable.

Un psicólogo frustado y una mujer que constantemente reprime su femeneidad me parecen dos perfiles posibles en la Guardia Civil sin embargo sus diálogos son excesivamente literarios, reflexivos, limpios, respectuosos, políticamente correctos (independientemente de que las opiniones que expresan lo sean o no, que es harina de otro costal)…

El resto de los personajes, sin embargo, quedan mejor dibujados, más realistas, más cercanos, más posibles, más naturales, más sueltos, más coherentes, más imaginables… Por lo que refiere a la estructura y desconociendo la arquitectura narrativa de la novela negra, sí puedo anotar que el desarrollo de la novela es paulatino, sin brusquedades, la información necesaria para la comprensión del caso está correctamente dosificada y la solución al caso no se desvela hasta prácticamente el penúltimo o antepenúltmo capítulo. Sin embargo “El alquimista impaciente” carece del magnetismo de otros textos del género, no arrastra, no engancha, no absorve.
Algo le falta a esta novela para brillar. Es un texto mate, aburrido a pesar de la lógica curiosidad que el lector siente por conocer el desenlace y que le anima a continuar leyendo.

Una novela de las que se leen pero no se recomiendan porque no sabría uno en base a qué recomendarlas.

Es cierto, tiene el Premio Nadal del año 2000 y eso no es poco. Pero claro, el Nadal, aunque sin duda es un premio contrastado, también tiene fallos memorables, basta recordar por ejemplo que en el 98 se lo llevó (ay!) Lucia Etxebarria

LA PELÍCULA

El caso es que inmediatamente después de leer la novela sentía una curiosidad enorme por ver la película. Cuando uno acude al cine a ver la adaptación cinematográfica de un libro que acaba de leer, el ejercicio comparativo se vuelve absolutamente inevitable.

Tenía la esperanza de que Patricia Ferreira, la directora de la versión fílmica, se apartara lo suficiente del texto como para solucionar el mate de la novela y aportar algo de luz al asunto, pero desafortunadamente se trata de uno de los pocos casos en los que el director (directora) abraza el texto casi literalmente, llevando a la pantalla los mismos errores o defectos del texto escrito.

Es cierto que Ferreira introduce una diagonal en la película que acompaña al espectador desde el principio aportando algunas pistas para situar los personajes (no para resolver el caso). Esta diagonal, una serie de secuencias en las que Bevilacqua conversa con Dávila (uno de los responsables de la central nuclear) tampoco acaba de iluminar el cuadro e incluso en algún momento aparecen como inoportunas o hasta casi como interrumpiendo la película…

Por lo demás, la película se mantiene bastante fiel a la novela y, como en la novela, lo mejor (y siempre sin exagerar) son algunos, que no todos, personajes secundarios. Y digo no todos porque de ningún modo cabría destacar la intervención de Josep Linuesa que más bien es “poco afortunada”. La pareja Bevilacqua-Chamorro chirria igual en la pantalla que en el texto con el agravamen que en la pantalla desentona más. Los diálogos excesivamente literarios, en algunos casos alucinantes hasta el surrealismo son poco creíbles, resultan forzados, tiesos, poco naturales… y lo son hata el punto de desviar la atención del espectador hacia la interpretación de los actores.

Uno no sabe demasiado de interpretación pero la impresión que deja “El Alquimista Impaciente” es que los actores no actúan lo suficiente. En algunas escenas uno sospecha que los actores sean (con todos los respetos) amateurs o que no han dispuesto de medios suficientes para el rodaje…

En esta línea, para mi gusto algo desviada de la que debería estar siguiendo, no puedo dejar de observar que las imágenes son como poco raras. No llego a saber si es un problema de iluminación, de montaje, de postproducción, de puntos de mira de la cámara o de qué, pero sí llego a ver que algunas imágenes se asemejan a las de esos cortometrajes de aficionados en los que casi se acaba de oir el “Acción” del director… Como si no hubiesen podido hacer demasiadas tomas y hubiesen tenido que quedarse con la mejor a pesar de no ser la ideal. Este defecto que no acabo de saber explicar es más notorio en los exteriores que en los interiores aunque también en los espacios cerrados la cámara abarca encuadres forzados, como si no tuviera espacio para moverse y mejorar la perspectiva.

En definitiva, uno tiene la impresión de haber visto un capítulo de una teleserie un domingo por la tarde. ¿Recomendarla? Jamás.

Ramiro Tomé
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Fuente: Formtocine.com

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Pàgina web de la película
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KURTZ: de EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS a APOCALYPSE NOW

A bordo de La Nelli (un bergantín de considerable tonelaje varado en el estuario del Támesis) cinco amigos unidos por el vínculo del mar contemplan el atardecer.

Marlow, de profesión marino, narra una vieja aventura vivida en África en la que, capitaneando un vapor, debía remontar un gran río (El Congo) en busca de un tal Kurtz, representante de una compañía de importación de marfil.

EL objeto del viaje de Marlow es contactar con Kurtz y entregarle una misiva.

Kurtz, llamado a grandes ascensos en la estructura de la compañía… se ha convertido, en el corazón de África, en una especie de divinidad que se extiende absurda e irracional a todo aquel que escucha su voz… su voz…

A partir de aquí, Conrad a través del Marlow de “El corazón de las Tinieblas” (1902) muestra el tremendo impacto de la colonización europea sobre el continente, nos muestra un rastro de injusticia infinita, una deshumaizada explotación de la población, “el más vil de los saqueos en la historia de la explotación geográfica y de la conciencia humana” (1926)

En parte quizá por eso, la ascensión de Marlow río arriba es la búsqueda de la respuesta a algunas preguntas fundamentales:

¿Como fue posible que un “hombre de bien” como Kurtz metamorfoseara radicalmente hasta devenir una divinidad genocida?
¿cuál es el límite en el que el hombre se deshumaniza?
¿cómo es posible que el hombre, criatura divina, se deshumanice?

NO alcanzo a imaginar como acogía “El corazón de las tinieblas” un lector europeo de principios del siglo XX, (un lector de las primeras ediciones de Nietszche !!) pero a principios de este siglo XXI, leer y “llegar” a Conrad exige del lector una predisposición especial, una valentía franca… a principios de este siglo XXI leer y “llegar” a Conrad significa plantarse en los límites de lo racional y cuestionarse los principos fundamentales de la propia existencia.

Leer a Conrad ha de significar dejar paso libre a las relaciones de ideas, seguir esas relaciones, llegar a los extremos…

Comienza el texto en un “cruce de caminos”: el río que desemboca, el mar, el cielo.

El viaje de Marlow parte del mar y se adentra río arriba.
LAs connotaciones son múltiples, enormes, magníficas.
Todas la grandes metáforas fluviales encajan de un modo u otro.

“Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar,que es el morir”
Remontando el río, Marlow navega en busca de los orígenes tras la esencia misma de la vida… “toda esa misteriosa vida sin civilizar que bulle en los bosques, en las selvas, en el corazón del hombre primitivo.”
“Navegar contracorriente era como viajar hacia los más remotos comienzos del mundo”

También el viejo Heráclito (de sobrenombre “el oscuro”) aparece sobre las aguas del río… El mundo no lo hizo ningún dios ni nigún hombre, sino que deviene por una eterna oposición entre contrarios: la guerra es común; la justicia, contienda, y todo acontece por la contienda y la necesidad, y todo regido por el logos…

El logos, la palabra,la voz… Kurtz…

Kurtz que se hace Dios mediante su voz, una voz creadora de conciencias sumisas como la misma voz hacedora del Dios del Génesis.

Busquemos por donde busquemos, tras los orígenes hallaremos la voz… pero ¿de donde la conmutación de creadora a destructora?

Un Conrad clarividente e inmenso aventura una respuesta posible…

“…hay alguna suerte de fascinación, que pronto tienta. La fascinación de lo degradante, ya saben. Imagínense los crecientes remordimientos, el deseo de huir, el impotente disgusto, al rendición, el odio”

“la única redención es la idea”

Y claro de la idea de nuevo al interrogante.

No en vano es una cuestión de fondo en la literatura europea del siglo XX. Como la existencia, la deshumanización del hombre es una pregunta sin respuestas definitivas.

Tras la segunda guerra mundial célebres supervivientes de los campos de concentración nazis se hundían en la misma no-respuesta, Primo Levy, Jorge Semprún…

Pero volvamos con “Heart of Darkness”.

En 1926 el inmortal poeta T.S Elliot escribía “the Hollow Men” (“Los hombres huecos”) inspirándose en “El corazón de las Tinieblas”…

“Somos los hombres huecos…
Figuras sin forma, sombras sn color,
fuerza paralizada, gesto sin movimiento;
los que han cruzado
con los ojos derechos, al otro Reino de la Muerte
nos recuerdan -si es que nos recuerdan-
no como perdids almas violentas,
sino como los hombres huecos
los hombres rellenados”

En 1979 un memorable Marlon Brando-Kurtz recita “the Hollow Men” a Martin Sheen-Marlow-Willard en una de las inolvidables secuencias de “Apocalipsis Now” .

El Kurtz de Conrad pervive, como no podría ser de otro modo, en el Kurtz de Coppola ya que el “El corazón de las tinieblas” estructura, soporta y pervive en “Apocalipsis Now”.

Como ya es conocido, el argumento de “Apocalipsis Now” es sencillo de explicar: un miembro de la inteligencia militar norteamericana en Vietnam (Willard) es enviado remontando un río imposible entre la jungla vietnamita-camboyana a eliminar al coronel Kurtz, un prometedor militar que ha enloquecido e instaurado en su locura una pequeña república de horror.

Es muy curioso atender al significado original del término “Apocalipsis”. No sinifica en absoluto catástrofe, desastre masivo, destrucción absoluta ni nada por el estilo. “Apocalipsis” significaba en sus orígenes”revelación”.

Igual que la palabra divina, la voz de Kurtz es palabra reveladora, pero reveladora de la parte más siniestra del ser humano, precisamente de su deshumanización. Y lo es tanto en la obra de Conrad como en la de Coppola.

Y es que la relación de “Apocalipsis Now” con algunos textos bíblicos es absolutmente innegable, del mismo modo que lo es que Coppola muestra (en la reconstrucción de la biografía de Kurtz por parte de Willard) la creación de un ídolo, de un mito.

“Apocalipsis Now” es, por decirlo de algún modo, una adaptación libre de “El corazón de las Tinielas” pero no es, no al menos en mi opinión, lo que comunmente se entiende como una novela llevada al cine y no tan sólo porque la novela transcurre a finales del XIX principios del XX y la película refiere a la guerra del Vietnam sino porque Coppola modifica de modo significativo el “quid” de la novela.

Marlow no acaba con Kurtz, éste muere de enfermedad. Willard sacrifica Kurtz y durante unos instantes lo substituye: cierra un ciclo: regenera, renace, revive…

Ambos trabajos tienen en común la manifestación del Horror (mediante la deificación de Kurtz, mediante la guerra absurda, la exterminación…) pero mientras en la novela el horror es combatible después de comprenderlo, en la película forma parte de la naturaleza humana y es, como la naturaleza griega, cíclico.

Justo después de sacrificar a Kurtz (porque no es un asesinato ni un ajusticiamiento sino un sacrificio en toda regla), Willard ve cuatro libros: el primero probablemente sea “Fausto”, una Biblia, “Ritual from Romance”, de la inglesa Jessie L. Weston y el (nunca mejor dicho) mitico The “Golden Bough”, de Frazer.

En especial me interesan dos, la Biblia -las referecias son obvias- y Frazer, cuya obra antropológica dibuja un Kurtz “rey y señor de su bosque”, sacerdote “todopoderoso” que, no obstante, siente su declive y aguarda consciente y tranquilo a que la joven nueva divinidad acabe con él y lo substituya… regeneración, contienda, nacimiento a partir de la muerte… exactamente el rito hindú sobre el río Ganges…

Y tan poderoso es Krutz mientras vive, amo y señor de su tribu, como Willard que tiene en su mano la posibilidad de bombardear el poblado con napalm comunicando con “todopoderoso”: el nombre en clave de la base aérea encargada de aniquilar todo lo existente entre las coordenadas indicadas por radio en cualquier rincón del Vietnam.

Un libro para releer de vez en cuando, una película para tener siempre a mano: dos obras maestras donde las haya.

¿Qué le falta?

Una canción: la canción.

The end. Jim Morrison

“This is the end
Beautiful friend
This is the end
My only friend, the end
Of our elaborate plans, the end
Of everything that stands, the end
No safety or surprise, the end
I’ll never look into your eyes…again”

Ramiro Tomé
info (arroba) arquera.com

Fuente: Formatocine.com

EL TERCER HOMBRE: DE GRAHAM GREENE A CAROL REED

CINE Y LITERATURA

EL TERCER HOMBRE

Probablemente por manías personales, siempre he preferido

atender al texto, leer la novela, el cuento, el guión…

antes de pasar a ver su correspondiente versión

cinematográfica.

Supongo que, de hacerlo al revés, con toda probabilidad

imaginaría el texto leído en función de las imágenes

previamente vistas.

Y aunque “El Tercer Hombre” no es una excepción, al encarar

la primera página uno se topa con una primera frase que, sin

dudas, condiciona el resto de la lectura. Esa primera frase

conduce al lector inmediatamente a la última película que

haya podido ver relacionada con la Europa que sobrivivió a la

Segunda Guerra Mundial.

Leer esa primera frase significa perder una cierta

“virginidad lectora” y verse inmerso en cientos de imágenes

de películas anteriores independientemente de si después

coinciden o no con las que realmente componen la película de

Carold Reed.

TExtualmente:

“El tercer hombre no fue escrito para ser leído, sino para

ser visto…”

Hay que tener en cuenta un detalle importante: Esta primera

línea abre la “Introducción” al texto. [La edición a la que

hago referencia es de Alianza Editorial, MAdrid 1976]
Pero la “introducción” que también fue escrita por Graham

Greene, está fechada en 1976, es decir, 26 años más tarde.

Sin duda, la lectura del texto varia, a mi entender

substancialmente, en función de si antes se pasa o no por la

“introducción”.

Dado el formato de la edición, cabe entender que Greene

incorpora la “Introducción” al texto perfectamente consciente

de que en realidad con esa “re-visión” lo que hacía era

escribir un segundo relato diferente del de 1950.

Pero sigamos:

En la misma “introducción”, Greene deja bien claro el

caracter de su texto:

“PAra mí es imposible escribir el guión de una película sin

antes escribir un relato. Una película no depende sólo de una

trama argumental, sino también de unos personajes, un talante

y un clima, que me parecen imposibles de captar por primera

vez en en insípido esbozo de un guión convencional”

Es decir: “El Tercer Hombre” NO es un guión cinematográfico”

pero, al mismo tiempo “no fue escrito para ser leído, sino

para ser visto” es decir, aunque no es un guión, tampoco es

un relato digamos, convencional.

Finalmente y, por supuesto, siempre desde mi perspectiva, la

novela corta de Green sólo tiene cierto valor contextualizada

correctamente. Posiblemente un lector de 1968, por ejemplo,

que se acercara al texto sin conocer la versión

cinematográfica del mismo, acabaría su lectura con una cierta

frustración.

Así pues, y tal como advierte el autor, “El tercer hombre” es

lo que es no por lo que se lee, sino por lo que proyecta.

Sea como sea, superada la frustración inicial, la sorpresa, o

el descolocamiento inicial, se pone en marcha la historia.

Viena, post Segunda Guerra Mundial. La ciudad está dividida

en 4 sectores controlados por las cuatro potendias vencedoras

de la contienda: Rusia, Francia, Estados UNidos e Inglaterra.

UN escritor de novelas del Oeste acude a esta fantasmagórica

y ruinosa ciudad invitado por un viejo amigo de infancia que

le ofrece alojamiento y trabajo.

Cuando Dexter, el escritor, llega a Viena, se descubre

asistiendo al entierro de Lime, el amigo que le había

invitado y del que dependía su estancia en la ciudad.

Cien por cien personaje de película, Dexter entiende que la

muerte de Lime entraña algun oscuro misterio y decide

investigar y no regresar a su país hasta dejar el caso

resuelto.

El libro es, como era de esperar, el relato de la

investigación de la muerte de Lime por parte de Dexter.

No es casual que la narración sea un feedback. El narrador,

al principio anónimo para el lector, recuerda y explica los

pormenores de la investigación.

Tal vez en 1976 el lector no tuviera un bagaje

cinematográfico tan extenso como el del lector contemporáneo,

pero seguramente imaginaría la voz narrrativa que hilvana el

texto del mismo modo que, seguro, lo hace un lector

contemporáneo: como una voz en off que aporta al espectador

más información de la que concocen los personajes y que

implica una anticipación en la que se basa el suspense de la

trama.

A medida que se avanza en la lectura del texto, el lector

recupera imágenes hitchcockianas, luces, sombras,

acompañamientos sonoros, imagina los cafés de Viena, las

calles, las ruinas…

Es evidente que se trata de una relato nacido claramente con

vocación de guión, y precisamente esa vocación no sólo es la

única clave que le da sentido al formato, sino que también es

la razón de ser del hecho que los personajes no sean

dibujados sino tan sólo “insípidamente” esbozados.

En efecto, se trata de perfiles superciales que, contra todo

pronóstico, cargan con clixés contundentes y fácilmente

identificables.

Esos clixés (por otra parte independientes al texto), son los

que dotan a los personajes de una cieta personalidad que a su

vez les aporta toda la coherencia que, como personajes

cinematográficos, necesitan.

“El Tercer Hombre” está estructurado en diecisiete pequeños

capítulos.
LA secuencia temporal es lineal pero en doble sentido: desde

el presente del lector, el febrero de 1949 de Dexter avanza

en la reconstrucción de un pasado ciertamente indefinido.

Cuando el presente de Dexter coincide con el final de la

reconstrucción del pasado, el lector se encuentra ante una

decisión importante, se convierte en testigo de excepción de

un choque emocional que no permite prórroga posible y que

exige respuesta inmediata.

UNa vez más, la voz en off ha anticipado al lector y sólo

cabe esperar a que el impresentable Dexter tome la decisión

que el lector ya ha tomado. ¿Héroe o Villano?

Como no podía ser de otro modo, la superación de este máximo

punto de tensión precipita el desenlace de la historia.

Dexter, presuntuoso, prepotente, ácido y elemental al mismo

tiempo, opta por, digámoslo así, la humanidad, por el bien

global en detrimento de de un valor tan repetable y venerable

como la fidelidad incondicional a una vieja y enraizada

amistad.

Con su decisión final, Dexter consigue que todas las

carencias del texto quedan en segundo plano ante los

acercamientos que permite y que ponen la novela (aunque

posiblemente más la película) en el punto de mira de

sociólogos, psicólogos y moralistas.

Pasando por encima especialmente del discurso psicológico,

que me parece el más interesante, regreso al texto literario

para concluir, una vez más, destacando que “El Tercer

Hombre” es un texto fácil de leer pero dificil de acotar, a

caballo entre la novela corta y el guión cinematográfico pero

sin del todo ni lo uno ni lo otro: un relato negro lleno de

humo de cigarrillos y entonado con unas cuantas copas de

medianoche.

Una novela, finalmente, impregnada de las más clásicas

imágenes del mejor cine negro.

Pero cambiemos de tercio.

La película es, sin la más mínima duda, harina de otro

costal.

Alex Korda es el “iluminado” productor que instó a Greene a

viajar a Viena y aventurarse en el relato.

Carol Reed dirigió la cinta, Anton Karas le puso la música y

un inspiradísimo Robert Krasner la fotografía.
El reparto lo encabezaron Joseph Cotten, Alida Valli y Trevor

Howard con la ayuda de Bernard Lee y especialmente con la

presencia del mítico Orson Wells que además firma una

magnífica interpretación del personaje Lime.

La historia explicada en la película es, más allá de algunas

variaciones no significativas, idéntica a la explicada en el

texto. Sin embargo hay una diferencia importante: mientras el

texto es desgranado por un narrador omnisciente (aunque

implicado en la trama) que regularmente interviene en la

narración, en la película la historia es en estilo directo

puro con la única excepción de la introducción sobre Viena y

sus peculiaridades en aquella época.

El lector que ahora ya es espectador echará en falta esa voz

(que había imaginado en off) que le daba ventaja sobre el

personaje y que al tiempo le mantenía en un medido suspense.

En la película el suspense no se alimenta dándole más

información al espectador que al protagonista sino con un uso

realmente magistral del sonido y muy muy especialmente de la

fotografía.

Escenas más bien cortas, milimétricamente estudiadas para ser

el máximo de explícitas posible, una música cómplice y

delatora, y una fotografía descriptiva y creadora al tiempo,

son los principales puntales de la cinta.

Es una historia sencilla, no cabe la menor duda. Básicamente

se reduce a una elección, la de Martins que debe optar por su

lado humanitario o por la amistad y el amor.

Sin embargo, más allá de la historia, más allá de lo que

pueda pasar en la película o del interés que pueda despertar

en el espectador, “el Tercer Hombre” es una pequeña joya: un

autético espectáculo de perfección (corre el año 1949)

fílmica, de saber aglutinar en una sola cinta diferentes

niveles narrativos.

El ritmo de la película sin ser trepidante, que no lo es, es

ágil. Los personajes son introducidos paulatinamente y la

imagen de cada uno de ellos, su interpretación, su parecer,

describen perfectamente sus personalidades haciéndolos

previsibles y dando pistas sobre las relaciones ocultas entre

ellos.

La ciudad, peligrosa, destruida, desmoralizada, tremendamente

bella y eternamente barroca es el marco perfecto para acoger

la trama, sencilla al final, de Lime y Martins.

Los ambientes son, válgame la expresión, “de película”, “El

Tercer HOmbre” deja imágenes absolutmente indelebles en la

retina, escenas de manual, perfectas, contundentes,

inequívocas.

Los encuadres son magistrales haciendo que en buena parte de

ellos intervengan las fantasmagóricas figuras del barroco

vienés dotando las imágenes de una belleza sin parangón.

Los primeros planos de los personajes no muestran rostros

sino actitudes, voluntades, instintos, temores…

El trabajo de Robert Krasner merece todos los premios a la

fotografía posibles. Krasner construye una película de luces

y sombras en las que los personajes entran y salen

continuamente.

Como todo aquel que haya visto la película acordará conmigo,

quizá el mejor ejemplo del uso de la luz en “El Tercer

Hombre” es precisamente cuando aparece por primera vez el

personaje Lime interpretado por Welles, aunque la fuerza

narrativa de la escena en que la policía espera la aparición

de Lime en el café para reunirse con Martins es tal que

elegir una escena u otra se complica sobremanera.

Y de hecho, aunque todo “El Tercer Hombre” rebosa escenas de

antología, conviene destacar una en especial. Una vez

aparecido Lime, se encuentra con Martins al pie de una noria

en un parque. Ambos suben a una cabina y rueda de la noria

les lleva a lo más alto. En lo alto, la cámara muestra, a

vista de pájaro, el parque con pequeñas figuras que van y

vienen. En ese momento Lime le explica a Martins… (y

regreso al texto de la novela)…

“mira ahí abajo -prosiguió, señalando a través de la ventana

a la gente que se movía como moscas negras en la base de la

noria-.
¿De verdad podrías sentir lástima si una de esas manchas

dejara de moverse para siempre?

Hombre, si te dijera que podías conseguir veinte libras por

cada mancha que se detuviera, ¿de verdad me dirías que me

quedara con mi dienro sin una vacilación? ¿o calcularías de

cuántas manchas podrías prescindir sin problemas?”

Esta escena es especialmente significativa en la coherencia

de la historia. No es un prodigio del uso de la luz como las

dos anteriormente citadas, pero los textos son contundentes:

“En estos tiempos nadie piensa en los seres humanos, hombre.

Si no lo hacen los gobiernos, ¿por qué vamos a hacerlo

nosotros? Hablan del pueblo y del proletariado, y yo hablo

de primos. Es lo mismo.”

La inhumanidad de ese par de frases que Lime pronuncia en lo

alto de la noria son decisivas. La metáfora está servida: la

vida es una noria… ¿Están ambos personajes en la cresta?,

¿es su visión superior por contemplar el mundo desde tan

privilegiada posición?

En cualquier caso, una película absolutamente digna de ser

vista tranquilamente. UN lujo de imágenes, una música muy

celebrada aunque actualmente quizá no del todo bien valorada,

unas interpretaciones enormes…

Sin la menor duda, “El tercer Homre” no fue escrito para ser

leído, sino para ser visto.

Ramiro Tomé

info (arroba) arquera.com

[Publicado en Formatocine.com]